Intimamente ligadas a la historia del país desde centurias antes de la aparición del impero Inca y de la colonización española, ya que sus cuatro islotes eran adorados por los aborígenes de la región como fuente de vida, por ellas también pasaron piratas ingleses (Francis Drake) y holandeses (Jacobo Clarke) que asolaban la naciente ciudad, fueron escenarios de combates navales durante la Guerra del Pacífico, que a fines del siglo XIX enfrentó a Perú y Bolivia contra Chile, e incluso, más acá en el tiempo, de represiones a revueltas de terroristas pertenecientes a Sendero Luminoso detenidos en el penal El Frontón, construido en la isla homónima.
El disfrute de la excursión comienza apenas zarpamos de El Callao, con la vista de decenas de botes pesqueros más grandes y más pequeños, rudimentarios y pintados de colores vivos, perseguidos por bandadas de gaviotas y otras aves buscando picotear algún pescado de la cosecha mañanera. Poco después Jorge Ubillas, el guía del barco, advierte: “al frente tenemos San Lorenzo, que con sus 17,60 km2 es la isla más grande del litoral peruano”. Los pueblos preincaicos la llamaban Shina y la consideraban sagrada gracias al guano, un fertilizante natural producto de la excretas del guanay -una de las tantas aves marinas que colonizan las Palomino-, con el que abonaban los cultivos en los campos desérticos de la costa. En la actualidad la isla está bajo la jurisdicción de la Armada del Perú y es sede de la casa de descanso -un enorme chalet junto al mar rodeado de unas pocas palmeras- del presidente de turno.
Tímidamente el sol se filtra por el manto de nubes que, con lentitud, comienza a disiparse y le devuelve al mar una atractiva tonalidad verde esmeralda. Llegamos a la isla El Frontón y vemos en una punta los restos destruidos del antiguo penal que alojara ladrones, asesinos, presos políticos y periodistas, aunque Jorge explica que siempre “será recordado por haber tenido algunos famosos entre sus huéspedes, como el expresidente Fernando Belaúnde Terry, y a muchos cabecillas deSendero Luminoso, que con sus crímenes desangrara durante más de una década al Perú”. Las ruinas que tenemos a la vista son producto de la represión que, en 1986, la armada ejerció para controlar un motín senderista estallado al mismo tiempo en otras cárceles del país, como las de Lurigancho y Santa Bárbara, un triste episodio en la vida del Perú que, afortunadamente, hace años vive en paz internamente.
Rato después, un fuerte olor, penetrante y ácido, se percibe en el aire. El pequeño islote rocoso frente a nosotros parece nevado pero no, en realidad el blanco que lo decora por entero es el famoso guano. Estamos frente a la isla Cabinzas, la de mayor actividad guanera aún en la actualidad gracias al requerimiento de abonos orgánicos por parte de Europa. Y allí se los ve a ellos, a los guanay, los pelícanos y otros responsables de ese hediondo tesoro -rico en fósforo, potasio y nitrógeno- por el que se pagan fortunas y del que el Perú es único poseedor en el continente.
Ya van dos horas de navegación y llegamos al plato fuerte del paseo, la isla Palomino con su población de lobos marinos de un pelo. “Es es la única habitada todo el año por los lobos debido a su pendiente que les facilita moverse entre las rocas”, cuenta Jorge a la vez que, ante la pregunta de un turista, responde que “no, no está permitido tirarse a nadar con ellos”. Curiosos, algunos bichos nadan alrededor del catamarán, otros observan atentos desde las rocas, aunque los más ni enterados de nuestra presencia y siguen con su vida, echados al sol o entrando y saliendo del mar. Realmente brindan un gran espectáculo, por hermosos y numerosos, ya que son más de 5.000 los ejemplares aquí reunidos.
El catamarán pone rumbo a El Callao rodeando el lado de afuera, es decir el que mira hacia el Pacífico, de la isla San Lorenzo, aunque nos detenemos en una punta colonizada por el simpático pingüino de Humboldt, muy parecido al magallánico aunque con una sola franja negra en el pecho. La colonia no es muy numerosa -en todo el Perú se calcula una población de 13.000 individuos- pero muchos están ahí, caminando sobre las rocas y vemos salir a otros pocos del agua y saltar con destreza de piedra en piedra para reunirse con el resto del grupo.
Allí quedan ellos mientras nosotros, ahora sí con el sol a plomo del mediodía, nos refugiamos en la cabina inferior del barco y comenzamos a ver ansiosos las fotos tomadas durante esta excursión que completa los atractivos de una Lima eterna en descubrimientos.