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lunes, 3 de enero de 2011

Esteros del Iberá, Corrientes, Argentina

“Esto es increíble, no es un paisaje típico de montañas y lagos, o de playas paradisíacas que uno puede encontrar repitiéndose en distintos lugares del mundo. Iberá es único, estamos felices de haber viajado hasta aquí”, me decía, en un castellano duramente comprensible, la neocelandesa Linda Williams que junto a su marido Evan y sus hijas Zoe y Holly, de ocho y 10 años, llegaron al Parque Provincial Iberá, en Corrientes, por una nota turística publicada en un diario de Nueva Zelandia. Mientras, Evans, quien no habla una jota de español, me mostraba entusiasmado las fotos de los paseos en la netbook conectada a su cámara digital.

No era para menos su felicidad. Es que el sistema Iberá es el segundo humedal más grande del mundo, que con 1.200.000 hectareas (el 14 por ciento de la superficie provincial) de pura naturaleza en forma de bañados, esteros y agua, mucha agua, cobija 350 especies de aves de todos los tamaños y colores, unas 1.600 de flora y otras cientos de mamíferos, reptiles y anfibios, muchos tristemente en peligro de extinción. Entonces no es difícil imaginar que semejante ámbito depara gratas sorpresas, que están ahi, al alcance de la vista gracias a una variedad de excursiones que desde la Colonia Carlos Pellegrini -único pueblo sobre los esteros- ingresan a este mundo magico de las “aguas que brillan”, tal la traducción al castellano del vocablo guaraní iberá.

El Parque Provincial Iberá se creó en 1983 para proteger este sistema de embalsados y esteros de 13.000 km2 donde hasta entonces se permitía la caza comercial, deportiva y de subsistencia, la que había casi agotado poblaciones de yacarés (con dos subespecies, overo y ñato), ciervos de los pantanos, venados de las pampas, corzuelas pardas, lobos de río y carpinchos, entre los más acosados. Y para ello se convocó a muchos de los viejos cazadores o marisqueros, como también se los llamaba, para desempeñarse como guardaparques gracias a su conocimiento integral de la región. Hoy casi 30 años de protección dieron como resultado el aumento poblacional de éstas y otras cientos de especies que volvieron a ocupar el lugar y a reproducirse con confianza.

Para definirlo en pocas palabras los esteros son el antiguo lecho del río Paraná, que cambió su curso hace unos 10.000 años, dejando esta región que fue conformando gracias a inundaciones y aporte de lluvias (está en discusión si el famoso acuífero Guaraní aporta o se nutre de las aguas del sistema) una vasta llanura de islas flotantes (embalsados) entre las que se cuentas más de 50 lagunas, todas interconectadas por una infinidad de ríos y arroyos. Pero recorrer el parque completo es, sencillamente, una tarea imposible por extensión y aislamiento natural. Por eso la colonia es como la puerta de entrada a un sector del paraíso, el de la laguna Iberá (la segunda más grande, con 60.000 hectáreas) y alrededores que, afortunadamente, concentran la mayor biodiversidad del sistema “porque a diferencia del resto del Iberá, donde siempre falta uno u otro, aquí confluyen cuatro ambientes diferentes: pastizales, lagunas y esteros, espinillares e islas de selva en galería”, me explica el guardaparque Walter Drews. Es esta convergencia la responsable de la presencia de 250 especies de aves permanentemente en este rincón de los esteros y del paso de otras 80 migratorias, también de que puedan avistarse corzuelas y ciervos de los pantanos, cuando en otros sectores del parque esto no sucede al mismo tiempo, y además de que las 1.600 especies de árboles y plantas (acuáticas, semiacuáticas, terrestres y aéreas) decoren el paisaje del área.

Los paseos en lancha siempre ponen rumbo a dos escenarios bien representativos: los ríos Miriñay y Corriente, aunque otra posibilidad es la de entrar en algunos arroyos cercanos en salidas de kayak. Bordeando las islas flotantes que son los embalsados, que en muy pocos lugares podrían sostener a una persona caminando, desde los botes se aprecian yacarés al sol regulando su temperatura corporal, carpinchos comiendo tallos suaves incansablemente, cigueñas (la mas grande nuestro país, la yaribú, esta aquí), garzas, chajás (cuyo graznido parece quedar como un eco flotando en el aire), espátulas rosadas, cualquiera de los cérvidos autóctonos, y vastas extensiones de flores acuáticas, como la amapola, que salpican con sus colores el reino verde del embalsado, del monte altísimo en tierra firme y la selva en galería que sólo bordea algunas de las islas.

La mejor hora para salir a navegar es durante la mañana cuando aún está oscuro para ir viendo cómo con las primeras luces Iberá cobra vida al mismo tiempo: las aves salen en bandada y entre todas con sus diferentes cantos siembran el ambiente de melodías naturales; los yacarés se echan a sol con su bocaza abierta mientras pájaros como el picabuey y la jacana limpian sus dientes y lomos librándolos de alimañas molestas, y hasta es posible, con mucha atención, encontrar alguna serpiente como la ñacaniná o la ñoazú, inofensivas para los humanos, esperar con paciencia que algún roedor, un gran insecto o un pez (hay 125 especies entre chicas y medianas) se le ponga a tiro a la hora del desayuno.

En cambio, las salidas por la tarde, a partir de las cinco, o bien en la noche tienen un encanto particular. En el primer caso porque se observan enormes bandadas regresando a sus nidos con todo el colorido que ello significa y la puesta de sol en el horizonte que no tiene desperdicio, y en el segundo se destaca la navegación bajo la magnificencia de un cielo estrellado a más no poder, donde lo único audible es el croar interminable de decenas de especies de ranas (son 65 anfibios diferentes en total) y el leve sonido de la vara contra el agua con que el guía desplaza la embarcación.

Otro paseo interesante es el que a caballo lleva por bañados, tierra firme y pastizales, donde palmares de caranday y pindó, monte autóctono abundante en espinillos, tímbós y sangre de draco (que tambien se ve en los embalsados) entre otros exponentes de la botánica ibereña, sirven de cobijo tanto a aves como lagartos y unas pocas familias de monos carayá o aulladores, a lo que mejor verlos que escucharlos porque sus gritos son ensordecedores.

Con el transcurrir de los días uno comprueba que Iberá, como Corrientes, tiene payé, ese embrujo que a uno lo impulsa a volver, dicen. Y en el caso de los neocelandeses para haber surtido efecto: recomendarían a sus amigos y familiares este gran humedal, al que ellos regresaran, sin dudarlo, porque sienten que les queda mucho más por descubrir. Razón no les falta. Cuatro días, tres días, como normalmente se recomienda para una visita, terminan siendo pocos.

2 comentarios:

  1. Muy linda nota, Pablo.

    Luego voy a publicar en mi blog -al cual acabo de revivir!- algo que escribí sobre Iberá, pero desde la perspectiva de estudiantes/biólogos haciendo laburo de campo.

    Un abrazo,

    Sabrina.

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  2. me encanto esta entrada!!me encanta ponerme al día porque desde que me vine a vivir a uno de los departamentos en buenos aires estoy con tanto trabajo que no puedo enterarme de estas cosas y de nutrirme de información!!
    muchos saludos!

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