Buscar este blog

martes, 8 de noviembre de 2011

Caleta Tortel, Aysén, Chile

El pueblo asoma en el extremo de un fiordo y colgado de sus laderas, a orillas del delta del río Baker. Pared de piedra que impidió un desarrollo urbano tradicional, pero que modeló un encantador caserío que no tiene calles ni veredas, por el que no circulan autos ni colectivos (o buses, como los llaman aquí en Chile), donde tampoco es fácil -de hecho es imposible- jugar a la pelota como en cualquier otra urbe o andar en bicileta. Tortel es una sucesión de casitas de madera hilvanadas por pasarelas, viviendas de gruesas patas de tirantes que, como palafitos, nivelan los pisos desafiando la caída del terreno. Es curioso Tortel, uno se pregunta cómo fué que pudo fundarse un pueblo (hoy tiene poco más de 500 habitantes) en un sitio como éste donde hasta la construcción de las pasarelas hace menos de 20 años, se iba de casa en casa en bote, y siempre hay que trepar para llegar a cualquier lado.

La respuesta hay que encontrarla allá por 1955 al fundarse la Comuna de Tortel, luego de que a raíz de la explotación maderera de los bosques patagónicos, principalmente del ciprés de las guatitecas, una madera noble, iniciada a principios del siglo XX, en la zona se habían ubicado unos cuantos colonos, muchos llegados desde la isla de Chiloé. Si bien Tortel sigue teniendo en la actualidad como principal actividad econonómica la forestal (regulada por la Corporación Nacional Forestal o Conaf, para la preservación de los históricamente castigados bosques chilenos), los últimos años acercaron la novedad del turismo, para el cual el pueblo se fue preparando con varios hospedajes en casas de familia y servicios de guías, todos ellos lugareños que complementan esta tarea con la pesca artesanal de la merluza del Pacífico y la dedicación a la madera. Es así: en un lugar tan difícil para vivir, por el aislamiento y el clima, todos hacen de todo, y lo bueno es que lo hacen bien, con la calidez del local que conoce al dedillo su tierra y tiene respuestas para geografía, historia, tiempo y atractivos, en sintesis, lo que uno llegó a buscar aquí, casi el fin del mundo (otra particularidad de Tortel, es el último lugar habitado del sur chileno continental, hasta Tierra del Fuego).

Esta zona patagónica es conocida como Aysén, la región más grande de Chile con 100.000 km2 y casi 100.000 habitantes, siendo la mitad de su superficie protegida por parques nacionales. Para ubicarnos, del lado argentino queda entre Esquel, en Chubut, y el lago Viedma, en Santa Cruz. Y Tortel se encuentra a la altura de Bajo Caracoles, también en Santa Cruz. Zona de cordillera, lagos y campos de hielo o hielos continentales, fiordos y canales donde se mezcla el agua dulce de los ríos caudalosos de montaña con la salada del océano Pacífico, es una encantadora geografía para contemplar y para interactuar a pura aventura, siendo este pequeño poblado el punto de donde parten las excursiones a los más seductores paisajes.

Todo desde Tortel se hace por agua. Las principales salidas pueden realizarse en largas travesías en kayaks recorriendo fiordos, o bien en los barcos de madera de pescadores que guían por el intrincado laberinto de canales, de aguas increíblemente turquesas cuando el sol decide aparecer en el cielo normalmente cubierto de nubes (aquí hay 4.000 mm de presipitaciones al año), y decenas de cerros o fiordos tapizados de palos santo (también llamado teñido), cohiues, canelos, cipreses, sauquillos (una variedad, el del diablo, tiene propiedades alucinógenas) y tepúes, de madera muy buena para leña. Así, por ejemplo, se puede llegar a la Isla de los Muertos, donde 36 tumbas marcan la misteriorsa muerte -no se sabe qué les pasó- en 1906 de este grupo de trabajadores llegados de la isla de Chiloé dos años antes para explotar la madera.

Pero sin dudas todo viajero querrá llegar hasta cualquiera de los ventisqueros que abudnan en la región. Los campos de hielo (hielos continentales) Norte y Sur, entre los cuales se ubica Tortel, vuelcan desde lo alto de la cordillera las lenguas congeladas de los glaciares que llegan hasta la orilla del agua, y hacia ellos enfilan los barcos sorteando témpanos del tamaño de edificios desplazados por la corriente. Uno de ellos es el Steffens, en el Parque Nacional Laguna San Rafael, al que se llega luego de dos horas y media de navegación y otra hora y media de trekking hasta dar con el gigante de hielo, sobre la desembocadura del río Huemules, donde también se pueden hacer cabalgatas, entre bosques y vistas excelentes de altísimos fiordos.

Al otro glaciar, el Montt, se demora cuatro horas y media en llegar. El barco que hace la excursión, el Mordelon, fue construido por Martín, capitán y guía, para trabajar en la pesca de la merluza y ahora también se dedica a llevar gente por los fiordos. Nativo de Tortel, cuenta en el viaje que la mejor época para visitar el lugar es el invierno, ya que el viento llega del Este y el mar se mantiene calmo, en cambio, durante el verano sopla del Oeste, es decir desde el pacífico, y las aguas se ponen más bravas. También va detallando el nombre de las islas que se van dejando atrás en las 36 millas que separan el pueblo del glaciar: Barrios, Briseño y Vargas, todas deshabitadas pero abundantes en pudúes, unos de los cérvidos más pequeños del mundo. Y así el tiempo transcurre hasta que miles de bloques de hielo cierran el canal e indican que se está llegando al Montt, que baja desde el extremo Norte del Campo de Hielo Sur. A veces se puede avanzar y otra no, por los bloques que cierran el paso. Pero el glaciar se ve ahí cerca, a unos cientos de metros, entre cerros de piedra que lo contienen, y se lo escucha rugir al desprender de su cuerpo los témpanos que se estrellan contra el agua, sonido que queda flotando entre las paredes de los fiordos.

El barco encalla en la costa de pedregullo y los pasajeros decienden para contemplar al Montt y los alrededores. Se improvisa una copa tallándola sobre un trozo de hielo que flota en el agua y Martín va sirviéndole whisky a cada pasajero. El clima es frío, obviamente, por estas latitudes y viene bien para entrar en calor. Un lujo el de la bebida noble de cara al Montt, tanto como el del asado que sigue para después largarse a caminar por la isla para llegar cerca de la lengua de hielo. El silencio, la quietud del ambiente, un destino maravilloso, un viaje inolvidable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario