Resulta difícil de entender. Eso que está allí tirado asomando por pedazos y escondiéndose nuevamente bajo la tierra suelta, es una palmera araucaria. Mejor dicho, lo era, hoy es una piedra con vetas, raíces, nacientes de grandes ramas que asoman como bultos en el tronco. Está petrificada, como el resto de aquellos árboles que pueden verse alrededor, caídos hace 150 millones de años cuando este desierto patagónico era tierra subtropical, de bosques, pasturas, ríos y dinosaurios.
Valcheta es un pequeño poblado de 5.000 habitanctes que se encuentra 120 km al sur de la localidad de Las Grutas, el principal balneario de la costa rionegrina. Si bien todo el pueblo fue levantado sobre parte del bosque, al igual que las chacras que bordean el curso del arroyo Valcheta, el único y por lo tanto fuente de toda vida en la zona, hace menos de un año el municipio decidió proteger el área donde se descubrieron ejemplares enormes: “Hay árboles de 25 y 30 metros de largo”, afirma Lala, vecina, guía y ferviente luchadora por la preservación del lugar, mientras da inicio al recorrido que demanda unos 40 minutos, entre pequeños pedazos de troncos, un océano verde de jarillas, la vegetación arbustiva típica de la región, y sorprendentes palmeras petrificadas con alturas del tamaño de edificios.
Así como los de Sarmiento, en Chubut, y Jaramillo, en Santa Cruz, el bosque petrificado de Valcheta se fue formando con la progresiva aparición de la cordillera de los Andes, que además de modificar el clima evitando el paso de los vientos húmedos de la zona del Pacífico, secó la región y sumó una incesante actividad volcánica. Entonces el silicio presente en las cenizas que cubrieron la Patagonia, reemplazó las células orgánicas de los árboles convirtiéndolos en piedra, como también lo hizo con los huevos de dinosaurios que pueden verse en el museo del pueblo.
El bosque de Valcheta es una de las varias curiosidades poco y nada conocidas que rodean a Las Grutas. Mientras en verano cientos de miles de personas disfrutan de hermosas playas que se extienden desde las localidades desde San Antonio Este y San Antonio Oeste, son pocos las que se animan a emprender excursiones a sitios como las salinas del Gualicho, el Fuerte Argentino, la meseta de Somuncurá, o la recientemente abierta al público pingüinera y lobería en un islote muchos kilómetros al sur del balneario.
Aislados por grandes distancias y falta de caminos accesibles para vehículos corrientes, a estos lugares se llega en camionetas 4x4 y también en viejos camiones militares todo terreno que la operadora Desert Tracks pone al servicio de curiosos que buscan algo más que playa. “En realidad son lugares que pueden visitarse todo el año, no sólo en verano -afirma Fernando Skliarevsky, responsable de la agencia-, por lo que también en Semana Santa o fines de semana largos, Las Grutas es una buena alternativa para viajar”.
Con 430 km2 y en una depresión a 72 m bajo el nivel del mar, la del Gualicho es la salina más grande del país, superada en América por el salar de Uyuni en Bolivia. La excursión llega aquí poco antes del ocaso porque el sol de la tarde es abrazador, aunque con luz suficiente por un par de horas para admirar este océano salado que vira del blanco radiante al celeste del cielo reflejado en su superficie y al escarlata a medida que atardece. Entre altos terraplenes de sal cosechada, los camiones y las tolvas que retomarán su trabajo a la mañana siguiente, y una pampa que parece infinita, los visitantes se admiran con la vía láctea que se distingue nítida a simple vista y que desnuda mil detalles gracias a los visores nocturnos y telescopios que los guías sacan a relucir poco antes de que la cena, pollo al disco con verduras, gaseosas, agua y vino, se sirva en el campamento montado bajo la luz de la estrellas.
Hacia el sur de Las Grutas, tomando por el Camino de los Pulperos, una huella abierta por recolectores artesanales del octopus tehelche, pulpito endémico muy codiciado en la gastronomía, se llegan a hilvanar puntos como El Sótano, el cañadón de las ostras y el Fuerte Argentino. Claro que el camino se corta y no queda más que seguir por la playa, entre el mar y los acantilados, siempre que el ciclo de las mareas no bloquee el paso de los vehículos. El primero de ellos es una enorme caverna que el agua talló al pie de la barda, refugio de frescor y sombra cuando el sol en la tarde aprieta, y usado tiempo atrás por los pulperos para guardar la recolección mientras continuaban con su labor. Más allá se encuentra uno de los cientos de cañadones que llevan al mar la poca agua de lluvia que cae en la región (80 a 250 mm anuales). Mayormente secos, guardan un tesoro botánico que, como los árboles de Valcheta, sorprenden: en el suelo y las paredes erosionadas, enormes, gigantes ostras fosilizadas hace millones de años, en el terciario superior, asoman amontonadas de tanto en tanto, revelando el pasado como fondo marino de la Patagonia.
El viejo Reo 6x6 retoma la marcha devorando kilómetros de suelo tramposo, porque de no ser por la pericia del chofer las ruedas quedarían atrapadas en la arena floja. A la izquierda el mar bate con oleaje suave y a la derecha el desierto no muestra más que jarillas y piedra, aunque al frente todavía lejos se distingue la meseta llamada Fuerte Argentino, una solitaria elevación plana de 100 m de altura, en la que, según la leyenda basada en textos antiguos, los custodios del Santo Grial, la orden de los Templarios, ocultaron sus tesoros al ser perseguidos en Europa por reyes y la Iglesia católica, temerosos de su poder, al menos 100 años antes de la llegada de Colón a América. Cierta o no, la historia es interesante pero aquí lo que vale es el paisaje, con el fuerte que se eleva majestuoso entre el monte verde y achaparrado, y los muchos charcos y piletones que la bajante deja al descubierto y en los que la gente practica esnorkel para descubrir cangrejos, pequeños mejillones, estrellas y pulpos. Mientras tanto, bajo la sombra de unos arbustos un asado se cuece lento y el humito acerca el aroma que abre el apetito.
En 2008 se descubrieron a 120 Km al sur del balneario, en las proximidades de la localidad de Sierra Grande, una serie de cinco islotes a los que, con marea baja, se puede acceder caminando. En uno de ellos, el más grande y conocido como la Pastosa, en la orilla que da a mar abierto se encuentra una colonia de aproximadamente 12.000 pingüinos magallánicos que comparten el habitat con 500 lobos marinos de un pelo y varias especies de aves. Como aquí no puede llegarse por la costa, la visita se hace desde un campo privado en una excursión de ocho a nueve horas de duración. Respetando normas de conservación (caminar sólo por zona de piedras, en fila india, sin hacer ruido ni arrojar basura) los visitantes observan la perfecta convivencia entre los animales, como entran y salen del agua, vuelven a sus nidos y se cruzan con lobos que descansan bajo el sol. La imagen es idílica pero no silenciosa, el graznido de pingüinos y gaviotas es fuerte y no cesa, pero al rato el oído se acostumbra y pasa inadvertido.
La vuelta a Las Grutas es rápida, un par de horas y listo. Con las luces del minibús apagadas, se distingue en cada asiento la luminosidad de las pantallas de las cámaras digitales en que la gente ve las fotos del día. Gratos recuerdos de una visita corta a un destino para aprovechar todo el año.
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