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viernes, 23 de marzo de 2012

Barreal, San Juan

El sol aquí es cosa de todos los días. Y como las precipitaciones tienen menos de 100 mm al año, que esté nublado no cambia mucho la ecuación, salvo por un descenso de temperatura: Barreal, vallecito del río Los Patos, alamedas, cordillera lejana de cumbres nevadas y precordillera multicolor del Tontal, aventura en variados estilos… Vía libre para conocer, divertirse y también relajarse en este bellísimo paraje ubicado a tan sólo 220 km de la ciudad de San Juan.

Resulta un largo vergel de fincas el valle de Calingasta. Flanqueado por el desierto sanjuanino, y gracias al río Los Patos que allá arriba en las montañas da nombre al histórico paso sanmartiniano, estalla en verdes de alamedas, manzanos, perales y aromáticas. Y Barreal, cuyo trazado urbano se extiende a lo largo del río por 11km, resulta un pueblo tranquilo desde donde uno puede animársele al descubrimiento. Por su ubicación es estratégica todo lo bueno y divertido queda cerca. Y las propuestas son, verdaderamente, para todos los gustos y preferencias. Desde aventuras cargadas de adrenalina hasta otras ligeras de un par de horas, desde simples paseos en los cuales contemplar paisajes hasta la posibilidad de jugar un rato al astrónomo durante la visita a dos observatorios ubicados en el Parque Nacional El Leoncito.

El pueblo es sencillo y prolijo, típica urbe rural que desde hace unos pocos años también se adaptó al turismo con la apertura de numerosas posadas, cabañas y hosterías que sorprenden por el nivel de atención y el servicio brindado. Un paseo por su calles mayormente de tierra conduce entre lotes abundantes en frutales y álamos que regalan linda sombra en verano, siempre con imágenes montañosas poniéndole marco a la vista. La finca De Mi Campo o la casa de dulces caseros Don Elisandro, son recomendables para una visita ya que venden productos artesanales que van desde jaleas, mermeladas, pesto, condimentos y tés, hasta bolsitas de aromáticas para placares. También acercarse a la bodega boutique Entre Tapias, con una producción de sólo 20.000 litros anuales, permite degustar delicados vinos ($ 10 la copa o 50 la botella) sauvignon blanc, malbec, cabernet y el exclusivo pinot gris, variedad de uva traída de Italia por el abuelo de Vidal Ossa, el dueño, a principios del siglo XX y de la que no hay más en Argentina.

Ahora bien, los colores y formas a las afueras de Barreal son como un imán para las almas inquietas. Que haya un cerro significa que una caminata, bicicleteada o cabalgata son parte del menú. Pero con la cordillera al oeste y las sierras del Tontal al este, la carta es tan extensa que puede ser difícil la elección.

Sebastián Navarro es el biker local que lleva a la gente a pedalear los magníficos recovecos del Tontal (la cordillera se la reserva para ciclistas experimentados en salidas de varios días). Cualquiera sea el nivel de dificultad elegido, entre senderos que serpentean trepando y bajando lomadas, cauces secos de arroyos temporales, jarillales y grabados rupestres milenarios en piedras multicoloridas, las salidas regalan horas de diversión siempre con la imagen de dos íconos del montañismo a la vista: más lejos el Aconcagua y casi tan cerca que parece poder tocárselo, el Mercedario. Ambos nevados y majestuosos.

Los circuitos también coinciden con los que se hacen a pie o a caballo: Cerros Pintados, para llegar a minas de bentonita abandonadas y troncos petrificados; el cerro Colorado, entre curiosas formas talladas por la erosión, y una de las más recomendables: los Escalones, a los que se llega a través de una quebrada rojo sangre por el cauce seco de un arroyo. Son una sucesión de saltos de un par de metros de altura que se deben trepar para continuar hasta un claro. Lo lindo es hacer esta caminata a última hora de la tarde para contemplar el atardecer sobre la cordillera y con luz de luna emprender el camino de regreso, en una experiencia que pone en juego otras sensaciones..


A escasos 25 km al sur de Barreal, surgen dos lugares increíbles. Uno de ellos es el Parque Nacional El Leoncito, de 89.907 hectáreas y creado en 2002 para proteger las provincias fitogeográficas monte, puna y alto andina, y con ello conservar la pureza de un cielo de los más ideales del mundo para la observación astronómica. De hecho aquí se han instalado dos observatorios (Complejo Astronómico El Leoncito, Casleo, en 1983, y Dr. Carlos Cesco, en 1964), abiertos al público en visitas guiadas que permiten conocer los gigantescos telescopios, y hasta observar el cielo en paseos nocturnos especialmente pragramados.


Saliendo del parque, llama la atención hacia el oeste, al otro lado de la ruta, una llanura blanca de 13 km de largo por cuatro de ancho que surge en un verde mar de vegetación achaparrada. Se trata del Barreal Blanca o Pampa del Leoncito, sitio emblemático desde lo deportivo porque es uno de los principales campos mundiales para la práctica del carrovelismo. Y desde lo geológico porque se trata de un prehistórico sistema lacustre que con el deslave de los cerros fue cubriéndose con sedimentos.

Don Rogelio Toro es quien presta el servicio de carrovela cada tarde entre octubre y marzo, cuando soplan los vientos adecuados, cada cual con sus características: el cordillerano o conchabado es el más frecuente aunque moderado, mientras que el del sur es el más fuerte. Es curioso eso de andar en un triciclo velero, alcanzando velocidades de hasta 35 o 40 km/h (lo modelos deportivos profesionales son capaces de superar los 180), levantando polvareda y dominando la vela tal como se domina la navegación de un velero. Sin dudas es una de las actividades más divertidas de un viaje a Barreal, que tiene demasiados atractivos, tantos como uno quiera y el tiempo le de oportunidad de conocer.


Montañismo en Barreal
  • La cercana cordillera de los Andes permite a los montañistas organizar excursiones y expediciones a distintos cerros emblemáticos. Una salida es la llamada Balcón de los 6.000, un ascenso de 4 días y 3 ncohes operable todo el año que lleva desde Las Hornillas al Valle Colorado, ujn balcón a 4.600 m desde donde se divisa seis picos: Mercedario (6.770 m), Polaco (6.000), mesa (6.100), Alma Negra, (6.200), Ramada Norte (6.300) y ramada Sur (6.250).

  • A todos estos cerros también se asciende individualmente, y en Barreal hay prestadores que ofrecen todo el apoyo logístico para las expediciones.

Otras rutas de aventura

  • Ruta cordillerana a caballo, paso sanmartiniano de Los Patos Sur, 6 días y 5 noches. Sigue los pasos del Ejército Libertador en 1917, curzando el cordón del Espinacito, a 4.500 m.

  • El rafting puede hacerse en el río Los Patos, ya en zona de Cordillera, con un nivel de dificultad grado 4-5 y dura poco más de una hora. Otro circuito de grado 2-3 sale de la unión de los ríos Patos y Blanco, y se navega por una hora y media.

  • Una excursión en 4x4 es la que llega a la laguna Blanca, un pequeño espejo a 3.035 m de altura. Desde allí se pueden hacer varias caminatas en los cerros dcircundante.

  • Pesca de truchas marrones, arcoiris y fontinalis, en los ríos Blanco, Castaño y Calingasta, con ejemplares medianos, de entre 200 y 400 gramos.

Servicios

Alojamiento: Kummel, www.cabaniaskummel.com.ar. Don Lisandro, www.donlisandro.com.ar. Doña Pipa, www.cdpbarreal.com.ar. Ecoposada Mercedario, www.elmercedario.com.ar. El Alemám, www.elalemanbarreal.com. Posada Don Ramón, www.posadadonramon.com.ar. La Eldita, www.laeldita.com.ar. La Querencia, www.laquerenciaposada.com. Paso Los Patos, www.posadapasolospatos.com.ar.

Aventura y excursiones: Kummel, www.cabaniaskummel.com.ar. Doña Pipa, www.cdpbarreal.com.ar.. Fortuna Viajes, www.fortunaviajes.com.ar. La Ramada, gchoves@yahoo.com.ar. Ruta Sur (bikes), sebastian.navarro2@hotmail.com. Cóndor, hostelbarreal@hotmail.com. Carrovelismo Don Toro, dontoro.barreal@gmail.com.

lunes, 12 de marzo de 2012

Alrededores de Las Grutas, Río Negro.

Resulta difícil de entender. Eso que está allí tirado asomando por pedazos y escondiéndose nuevamente bajo la tierra suelta, es una palmera araucaria. Mejor dicho, lo era, hoy es una piedra con vetas, raíces, nacientes de grandes ramas que asoman como bultos en el tronco. Está petrificada, como el resto de aquellos árboles que pueden verse alrededor, caídos hace 150 millones de años cuando este desierto patagónico era tierra subtropical, de bosques, pasturas, ríos y dinosaurios.

Valcheta es un pequeño poblado de 5.000 habitanctes que se encuentra 120 km al sur de la localidad de Las Grutas, el principal balneario de la costa rionegrina. Si bien todo el pueblo fue levantado sobre parte del bosque, al igual que las chacras que bordean el curso del arroyo Valcheta, el único y por lo tanto fuente de toda vida en la zona, hace menos de un año el municipio decidió proteger el área donde se descubrieron ejemplares enormes: “Hay árboles de 25 y 30 metros de largo”, afirma Lala, vecina, guía y ferviente luchadora por la preservación del lugar, mientras da inicio al recorrido que demanda unos 40 minutos, entre pequeños pedazos de troncos, un océano verde de jarillas, la vegetación arbustiva típica de la región, y sorprendentes palmeras petrificadas con alturas del tamaño de edificios.

Así como los de Sarmiento, en Chubut, y Jaramillo, en Santa Cruz, el bosque petrificado de Valcheta se fue formando con la progresiva aparición de la cordillera de los Andes, que además de modificar el clima evitando el paso de los vientos húmedos de la zona del Pacífico, secó la región y sumó una incesante actividad volcánica. Entonces el silicio presente en las cenizas que cubrieron la Patagonia, reemplazó las células orgánicas de los árboles convirtiéndolos en piedra, como también lo hizo con los huevos de dinosaurios que pueden verse en el museo del pueblo.

El bosque de Valcheta es una de las varias curiosidades poco y nada conocidas que rodean a Las Grutas. Mientras en verano cientos de miles de personas disfrutan de hermosas playas que se extienden desde las localidades desde San Antonio Este y San Antonio Oeste, son pocos las que se animan a emprender excursiones a sitios como las salinas del Gualicho, el Fuerte Argentino, la meseta de Somuncurá, o la recientemente abierta al público pingüinera y lobería en un islote muchos kilómetros al sur del balneario.

Aislados por grandes distancias y falta de caminos accesibles para vehículos corrientes, a estos lugares se llega en camionetas 4x4 y también en viejos camiones militares todo terreno que la operadora Desert Tracks pone al servicio de curiosos que buscan algo más que playa. “En realidad son lugares que pueden visitarse todo el año, no sólo en verano -afirma Fernando Skliarevsky, responsable de la agencia-, por lo que también en Semana Santa o fines de semana largos, Las Grutas es una buena alternativa para viajar”.

Con 430 km2 y en una depresión a 72 m bajo el nivel del mar, la del Gualicho es la salina más grande del país, superada en América por el salar de Uyuni en Bolivia. La excursión llega aquí poco antes del ocaso porque el sol de la tarde es abrazador, aunque con luz suficiente por un par de horas para admirar este océano salado que vira del blanco radiante al celeste del cielo reflejado en su superficie y al escarlata a medida que atardece. Entre altos terraplenes de sal cosechada, los camiones y las tolvas que retomarán su trabajo a la mañana siguiente, y una pampa que parece infinita, los visitantes se admiran con la vía láctea que se distingue nítida a simple vista y que desnuda mil detalles gracias a los visores nocturnos y telescopios que los guías sacan a relucir poco antes de que la cena, pollo al disco con verduras, gaseosas, agua y vino, se sirva en el campamento montado bajo la luz de la estrellas.

Hacia el sur de Las Grutas, tomando por el Camino de los Pulperos, una huella abierta por recolectores artesanales del octopus tehelche, pulpito endémico muy codiciado en la gastronomía, se llegan a hilvanar puntos como El Sótano, el cañadón de las ostras y el Fuerte Argentino. Claro que el camino se corta y no queda más que seguir por la playa, entre el mar y los acantilados, siempre que el ciclo de las mareas no bloquee el paso de los vehículos. El primero de ellos es una enorme caverna que el agua talló al pie de la barda, refugio de frescor y sombra cuando el sol en la tarde aprieta, y usado tiempo atrás por los pulperos para guardar la recolección mientras continuaban con su labor. Más allá se encuentra uno de los cientos de cañadones que llevan al mar la poca agua de lluvia que cae en la región (80 a 250 mm anuales). Mayormente secos, guardan un tesoro botánico que, como los árboles de Valcheta, sorprenden: en el suelo y las paredes erosionadas, enormes, gigantes ostras fosilizadas hace millones de años, en el terciario superior, asoman amontonadas de tanto en tanto, revelando el pasado como fondo marino de la Patagonia.

El viejo Reo 6x6 retoma la marcha devorando kilómetros de suelo tramposo, porque de no ser por la pericia del chofer las ruedas quedarían atrapadas en la arena floja. A la izquierda el mar bate con oleaje suave y a la derecha el desierto no muestra más que jarillas y piedra, aunque al frente todavía lejos se distingue la meseta llamada Fuerte Argentino, una solitaria elevación plana de 100 m de altura, en la que, según la leyenda basada en textos antiguos, los custodios del Santo Grial, la orden de los Templarios, ocultaron sus tesoros al ser perseguidos en Europa por reyes y la Iglesia católica, temerosos de su poder, al menos 100 años antes de la llegada de Colón a América. Cierta o no, la historia es interesante pero aquí lo que vale es el paisaje, con el fuerte que se eleva majestuoso entre el monte verde y achaparrado, y los muchos charcos y piletones que la bajante deja al descubierto y en los que la gente practica esnorkel para descubrir cangrejos, pequeños mejillones, estrellas y pulpos. Mientras tanto, bajo la sombra de unos arbustos un asado se cuece lento y el humito acerca el aroma que abre el apetito.

En 2008 se descubrieron a 120 Km al sur del balneario, en las proximidades de la localidad de Sierra Grande, una serie de cinco islotes a los que, con marea baja, se puede acceder caminando. En uno de ellos, el más grande y conocido como la Pastosa, en la orilla que da a mar abierto se encuentra una colonia de aproximadamente 12.000 pingüinos magallánicos que comparten el habitat con 500 lobos marinos de un pelo y varias especies de aves. Como aquí no puede llegarse por la costa, la visita se hace desde un campo privado en una excursión de ocho a nueve horas de duración. Respetando normas de conservación (caminar sólo por zona de piedras, en fila india, sin hacer ruido ni arrojar basura) los visitantes observan la perfecta convivencia entre los animales, como entran y salen del agua, vuelven a sus nidos y se cruzan con lobos que descansan bajo el sol. La imagen es idílica pero no silenciosa, el graznido de pingüinos y gaviotas es fuerte y no cesa, pero al rato el oído se acostumbra y pasa inadvertido.

La vuelta a Las Grutas es rápida, un par de horas y listo. Con las luces del minibús apagadas, se distingue en cada asiento la luminosidad de las pantallas de las cámaras digitales en que la gente ve las fotos del día. Gratos recuerdos de una visita corta a un destino para aprovechar todo el año.

martes, 8 de noviembre de 2011

Caleta Tortel, Aysén, Chile

El pueblo asoma en el extremo de un fiordo y colgado de sus laderas, a orillas del delta del río Baker. Pared de piedra que impidió un desarrollo urbano tradicional, pero que modeló un encantador caserío que no tiene calles ni veredas, por el que no circulan autos ni colectivos (o buses, como los llaman aquí en Chile), donde tampoco es fácil -de hecho es imposible- jugar a la pelota como en cualquier otra urbe o andar en bicileta. Tortel es una sucesión de casitas de madera hilvanadas por pasarelas, viviendas de gruesas patas de tirantes que, como palafitos, nivelan los pisos desafiando la caída del terreno. Es curioso Tortel, uno se pregunta cómo fué que pudo fundarse un pueblo (hoy tiene poco más de 500 habitantes) en un sitio como éste donde hasta la construcción de las pasarelas hace menos de 20 años, se iba de casa en casa en bote, y siempre hay que trepar para llegar a cualquier lado.

La respuesta hay que encontrarla allá por 1955 al fundarse la Comuna de Tortel, luego de que a raíz de la explotación maderera de los bosques patagónicos, principalmente del ciprés de las guatitecas, una madera noble, iniciada a principios del siglo XX, en la zona se habían ubicado unos cuantos colonos, muchos llegados desde la isla de Chiloé. Si bien Tortel sigue teniendo en la actualidad como principal actividad econonómica la forestal (regulada por la Corporación Nacional Forestal o Conaf, para la preservación de los históricamente castigados bosques chilenos), los últimos años acercaron la novedad del turismo, para el cual el pueblo se fue preparando con varios hospedajes en casas de familia y servicios de guías, todos ellos lugareños que complementan esta tarea con la pesca artesanal de la merluza del Pacífico y la dedicación a la madera. Es así: en un lugar tan difícil para vivir, por el aislamiento y el clima, todos hacen de todo, y lo bueno es que lo hacen bien, con la calidez del local que conoce al dedillo su tierra y tiene respuestas para geografía, historia, tiempo y atractivos, en sintesis, lo que uno llegó a buscar aquí, casi el fin del mundo (otra particularidad de Tortel, es el último lugar habitado del sur chileno continental, hasta Tierra del Fuego).

Esta zona patagónica es conocida como Aysén, la región más grande de Chile con 100.000 km2 y casi 100.000 habitantes, siendo la mitad de su superficie protegida por parques nacionales. Para ubicarnos, del lado argentino queda entre Esquel, en Chubut, y el lago Viedma, en Santa Cruz. Y Tortel se encuentra a la altura de Bajo Caracoles, también en Santa Cruz. Zona de cordillera, lagos y campos de hielo o hielos continentales, fiordos y canales donde se mezcla el agua dulce de los ríos caudalosos de montaña con la salada del océano Pacífico, es una encantadora geografía para contemplar y para interactuar a pura aventura, siendo este pequeño poblado el punto de donde parten las excursiones a los más seductores paisajes.

Todo desde Tortel se hace por agua. Las principales salidas pueden realizarse en largas travesías en kayaks recorriendo fiordos, o bien en los barcos de madera de pescadores que guían por el intrincado laberinto de canales, de aguas increíblemente turquesas cuando el sol decide aparecer en el cielo normalmente cubierto de nubes (aquí hay 4.000 mm de presipitaciones al año), y decenas de cerros o fiordos tapizados de palos santo (también llamado teñido), cohiues, canelos, cipreses, sauquillos (una variedad, el del diablo, tiene propiedades alucinógenas) y tepúes, de madera muy buena para leña. Así, por ejemplo, se puede llegar a la Isla de los Muertos, donde 36 tumbas marcan la misteriorsa muerte -no se sabe qué les pasó- en 1906 de este grupo de trabajadores llegados de la isla de Chiloé dos años antes para explotar la madera.

Pero sin dudas todo viajero querrá llegar hasta cualquiera de los ventisqueros que abudnan en la región. Los campos de hielo (hielos continentales) Norte y Sur, entre los cuales se ubica Tortel, vuelcan desde lo alto de la cordillera las lenguas congeladas de los glaciares que llegan hasta la orilla del agua, y hacia ellos enfilan los barcos sorteando témpanos del tamaño de edificios desplazados por la corriente. Uno de ellos es el Steffens, en el Parque Nacional Laguna San Rafael, al que se llega luego de dos horas y media de navegación y otra hora y media de trekking hasta dar con el gigante de hielo, sobre la desembocadura del río Huemules, donde también se pueden hacer cabalgatas, entre bosques y vistas excelentes de altísimos fiordos.

Al otro glaciar, el Montt, se demora cuatro horas y media en llegar. El barco que hace la excursión, el Mordelon, fue construido por Martín, capitán y guía, para trabajar en la pesca de la merluza y ahora también se dedica a llevar gente por los fiordos. Nativo de Tortel, cuenta en el viaje que la mejor época para visitar el lugar es el invierno, ya que el viento llega del Este y el mar se mantiene calmo, en cambio, durante el verano sopla del Oeste, es decir desde el pacífico, y las aguas se ponen más bravas. También va detallando el nombre de las islas que se van dejando atrás en las 36 millas que separan el pueblo del glaciar: Barrios, Briseño y Vargas, todas deshabitadas pero abundantes en pudúes, unos de los cérvidos más pequeños del mundo. Y así el tiempo transcurre hasta que miles de bloques de hielo cierran el canal e indican que se está llegando al Montt, que baja desde el extremo Norte del Campo de Hielo Sur. A veces se puede avanzar y otra no, por los bloques que cierran el paso. Pero el glaciar se ve ahí cerca, a unos cientos de metros, entre cerros de piedra que lo contienen, y se lo escucha rugir al desprender de su cuerpo los témpanos que se estrellan contra el agua, sonido que queda flotando entre las paredes de los fiordos.

El barco encalla en la costa de pedregullo y los pasajeros decienden para contemplar al Montt y los alrededores. Se improvisa una copa tallándola sobre un trozo de hielo que flota en el agua y Martín va sirviéndole whisky a cada pasajero. El clima es frío, obviamente, por estas latitudes y viene bien para entrar en calor. Un lujo el de la bebida noble de cara al Montt, tanto como el del asado que sigue para después largarse a caminar por la isla para llegar cerca de la lengua de hielo. El silencio, la quietud del ambiente, un destino maravilloso, un viaje inolvidable.

lunes, 3 de enero de 2011

Esteros del Iberá, Corrientes, Argentina

“Esto es increíble, no es un paisaje típico de montañas y lagos, o de playas paradisíacas que uno puede encontrar repitiéndose en distintos lugares del mundo. Iberá es único, estamos felices de haber viajado hasta aquí”, me decía, en un castellano duramente comprensible, la neocelandesa Linda Williams que junto a su marido Evan y sus hijas Zoe y Holly, de ocho y 10 años, llegaron al Parque Provincial Iberá, en Corrientes, por una nota turística publicada en un diario de Nueva Zelandia. Mientras, Evans, quien no habla una jota de español, me mostraba entusiasmado las fotos de los paseos en la netbook conectada a su cámara digital.

No era para menos su felicidad. Es que el sistema Iberá es el segundo humedal más grande del mundo, que con 1.200.000 hectareas (el 14 por ciento de la superficie provincial) de pura naturaleza en forma de bañados, esteros y agua, mucha agua, cobija 350 especies de aves de todos los tamaños y colores, unas 1.600 de flora y otras cientos de mamíferos, reptiles y anfibios, muchos tristemente en peligro de extinción. Entonces no es difícil imaginar que semejante ámbito depara gratas sorpresas, que están ahi, al alcance de la vista gracias a una variedad de excursiones que desde la Colonia Carlos Pellegrini -único pueblo sobre los esteros- ingresan a este mundo magico de las “aguas que brillan”, tal la traducción al castellano del vocablo guaraní iberá.

El Parque Provincial Iberá se creó en 1983 para proteger este sistema de embalsados y esteros de 13.000 km2 donde hasta entonces se permitía la caza comercial, deportiva y de subsistencia, la que había casi agotado poblaciones de yacarés (con dos subespecies, overo y ñato), ciervos de los pantanos, venados de las pampas, corzuelas pardas, lobos de río y carpinchos, entre los más acosados. Y para ello se convocó a muchos de los viejos cazadores o marisqueros, como también se los llamaba, para desempeñarse como guardaparques gracias a su conocimiento integral de la región. Hoy casi 30 años de protección dieron como resultado el aumento poblacional de éstas y otras cientos de especies que volvieron a ocupar el lugar y a reproducirse con confianza.

Para definirlo en pocas palabras los esteros son el antiguo lecho del río Paraná, que cambió su curso hace unos 10.000 años, dejando esta región que fue conformando gracias a inundaciones y aporte de lluvias (está en discusión si el famoso acuífero Guaraní aporta o se nutre de las aguas del sistema) una vasta llanura de islas flotantes (embalsados) entre las que se cuentas más de 50 lagunas, todas interconectadas por una infinidad de ríos y arroyos. Pero recorrer el parque completo es, sencillamente, una tarea imposible por extensión y aislamiento natural. Por eso la colonia es como la puerta de entrada a un sector del paraíso, el de la laguna Iberá (la segunda más grande, con 60.000 hectáreas) y alrededores que, afortunadamente, concentran la mayor biodiversidad del sistema “porque a diferencia del resto del Iberá, donde siempre falta uno u otro, aquí confluyen cuatro ambientes diferentes: pastizales, lagunas y esteros, espinillares e islas de selva en galería”, me explica el guardaparque Walter Drews. Es esta convergencia la responsable de la presencia de 250 especies de aves permanentemente en este rincón de los esteros y del paso de otras 80 migratorias, también de que puedan avistarse corzuelas y ciervos de los pantanos, cuando en otros sectores del parque esto no sucede al mismo tiempo, y además de que las 1.600 especies de árboles y plantas (acuáticas, semiacuáticas, terrestres y aéreas) decoren el paisaje del área.

Los paseos en lancha siempre ponen rumbo a dos escenarios bien representativos: los ríos Miriñay y Corriente, aunque otra posibilidad es la de entrar en algunos arroyos cercanos en salidas de kayak. Bordeando las islas flotantes que son los embalsados, que en muy pocos lugares podrían sostener a una persona caminando, desde los botes se aprecian yacarés al sol regulando su temperatura corporal, carpinchos comiendo tallos suaves incansablemente, cigueñas (la mas grande nuestro país, la yaribú, esta aquí), garzas, chajás (cuyo graznido parece quedar como un eco flotando en el aire), espátulas rosadas, cualquiera de los cérvidos autóctonos, y vastas extensiones de flores acuáticas, como la amapola, que salpican con sus colores el reino verde del embalsado, del monte altísimo en tierra firme y la selva en galería que sólo bordea algunas de las islas.

La mejor hora para salir a navegar es durante la mañana cuando aún está oscuro para ir viendo cómo con las primeras luces Iberá cobra vida al mismo tiempo: las aves salen en bandada y entre todas con sus diferentes cantos siembran el ambiente de melodías naturales; los yacarés se echan a sol con su bocaza abierta mientras pájaros como el picabuey y la jacana limpian sus dientes y lomos librándolos de alimañas molestas, y hasta es posible, con mucha atención, encontrar alguna serpiente como la ñacaniná o la ñoazú, inofensivas para los humanos, esperar con paciencia que algún roedor, un gran insecto o un pez (hay 125 especies entre chicas y medianas) se le ponga a tiro a la hora del desayuno.

En cambio, las salidas por la tarde, a partir de las cinco, o bien en la noche tienen un encanto particular. En el primer caso porque se observan enormes bandadas regresando a sus nidos con todo el colorido que ello significa y la puesta de sol en el horizonte que no tiene desperdicio, y en el segundo se destaca la navegación bajo la magnificencia de un cielo estrellado a más no poder, donde lo único audible es el croar interminable de decenas de especies de ranas (son 65 anfibios diferentes en total) y el leve sonido de la vara contra el agua con que el guía desplaza la embarcación.

Otro paseo interesante es el que a caballo lleva por bañados, tierra firme y pastizales, donde palmares de caranday y pindó, monte autóctono abundante en espinillos, tímbós y sangre de draco (que tambien se ve en los embalsados) entre otros exponentes de la botánica ibereña, sirven de cobijo tanto a aves como lagartos y unas pocas familias de monos carayá o aulladores, a lo que mejor verlos que escucharlos porque sus gritos son ensordecedores.

Con el transcurrir de los días uno comprueba que Iberá, como Corrientes, tiene payé, ese embrujo que a uno lo impulsa a volver, dicen. Y en el caso de los neocelandeses para haber surtido efecto: recomendarían a sus amigos y familiares este gran humedal, al que ellos regresaran, sin dudarlo, porque sienten que les queda mucho más por descubrir. Razón no les falta. Cuatro días, tres días, como normalmente se recomienda para una visita, terminan siendo pocos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Navegación por las islas Palomino, Lima, Perú

El catamarán se bambolea suavemente al ritmo del oleaje. Es aún temprano y como siempre, en Lima, el cielo amanece nublado y así se queda hasta pasado el mediodía, pero eso no impide que desde la cubierta superior del barco las islas Palomino comiencen a distinguirse y a medida que nos acercamos se vuelvan nítidas hasta mostrar sus lomos de tierra y piedra, desérticos, asombrosamente carentes del mínimo verdor, como gran parte, por no decir toda, la costa peruana. Las Palomino son un grupo de islotes frente a El Callao -el principal puerto del Perú y el primero del país, creado en 1654- y son, seguramente, una de las más interesantes propuestas, aunque bastante desconocida, para los turistas que visitan la única capital latina a orillas del Pacífico.


Intimamente ligadas a la historia del país desde centurias antes de la aparición del impero Inca y de la colonización española, ya que sus cuatro islotes eran adorados por los aborígenes de la región como fuente de vida, por ellas también pasaron piratas ingleses (Francis Drake) y holandeses (Jacobo Clarke) que asolaban la naciente ciudad, fueron escenarios de combates navales durante la Guerra del Pacífico, que a fines del siglo XIX enfrentó a Perú y Bolivia contra Chile, e incluso, más acá en el tiempo, de represiones a revueltas de terroristas pertenecientes a Sendero Luminoso detenidos en el penal El Frontón, construido en la isla homónima.

El disfrute de la excursión comienza apenas zarpamos de El Callao, con la vista de decenas de botes pesqueros más grandes y más pequeños, rudimentarios y pintados de colores vivos, perseguidos por bandadas de gaviotas y otras aves buscando picotear algún pescado de la cosecha mañanera. Poco después Jorge Ubillas, el guía del barco, advierte: “al frente tenemos San Lorenzo, que con sus 17,60 km2 es la isla más grande del litoral peruano”. Los pueblos preincaicos la llamaban Shina y la consideraban sagrada gracias al guano, un fertilizante natural producto de la excretas del guanay -una de las tantas aves marinas que colonizan las Palomino-, con el que abonaban los cultivos en los campos desérticos de la costa. En la actualidad la isla está bajo la jurisdicción de la Armada del Perú y es sede de la casa de descanso -un enorme chalet junto al mar rodeado de unas pocas palmeras- del presidente de turno.



Tímidamente el sol se filtra por el manto de nubes que, con lentitud, comienza a disiparse y le devuelve al mar una atractiva tonalidad verde esmeralda. Llegamos a la isla El Frontón y vemos en una punta los restos destruidos del antiguo penal que alojara ladrones, asesinos, presos políticos y periodistas, aunque Jorge explica que siempre “será recordado por haber tenido algunos famosos entre sus huéspedes, como el expresidente Fernando Belaúnde Terry, y a muchos cabecillas deSendero Luminoso, que con sus crímenes desangrara durante más de una década al Perú”. Las ruinas que tenemos a la vista son producto de la represión que, en 1986, la armada ejerció para controlar un motín senderista estallado al mismo tiempo en otras cárceles del país, como las de Lurigancho y Santa Bárbara, un triste episodio en la vida del Perú que, afortunadamente, hace años vive en paz internamente.


Rato después, un fuerte olor, penetrante y ácido, se percibe en el aire. El pequeño islote rocoso frente a nosotros parece nevado pero no, en realidad el blanco que lo decora por entero es el famoso guano. Estamos frente a la isla Cabinzas, la de mayor actividad guanera aún en la actualidad gracias al requerimiento de abonos orgánicos por parte de Europa. Y allí se los ve a ellos, a los guanay, los pelícanos y otros responsables de ese hediondo tesoro -rico en fósforo, potasio y nitrógeno- por el que se pagan fortunas y del que el Perú es único poseedor en el continente.



Ya van dos horas de navegación y llegamos al plato fuerte del paseo, la isla Palomino con su población de lobos marinos de un pelo. “Es es la única habitada todo el año por los lobos debido a su pendiente que les facilita moverse entre las rocas”, cuenta Jorge a la vez que, ante la pregunta de un turista, responde que “no, no está permitido tirarse a nadar con ellos”. Curiosos, algunos bichos nadan alrededor del catamarán, otros observan atentos desde las rocas, aunque los más ni enterados de nuestra presencia y siguen con su vida, echados al sol o entrando y saliendo del mar. Realmente brindan un gran espectáculo, por hermosos y numerosos, ya que son más de 5.000 los ejemplares aquí reunidos.



El catamarán pone rumbo a El Callao rodeando el lado de afuera, es decir el que mira hacia el Pacífico, de la isla San Lorenzo, aunque nos detenemos en una punta colonizada por el simpático pingüino de Humboldt, muy parecido al magallánico aunque con una sola franja negra en el pecho. La colonia no es muy numerosa -en todo el Perú se calcula una población de 13.000 individuos- pero muchos están ahí, caminando sobre las rocas y vemos salir a otros pocos del agua y saltar con destreza de piedra en piedra para reunirse con el resto del grupo.



Allí quedan ellos mientras nosotros, ahora sí con el sol a plomo del mediodía, nos refugiamos en la cabina inferior del barco y comenzamos a ver ansiosos las fotos tomadas durante esta excursión que completa los atractivos de una Lima eterna en descubrimientos.

jueves, 15 de julio de 2010

Estancia Buena Vista, Esquina, Corrientes, Argentina

La llúvia arreciaba y Klaus conducía la 4x4 cauteloso por la huella de tierra. Despacio avanzábamos por el serpenteante sendero rodeado de espinillos, timbós, guapoús, guayabos, coronillas y aromos, entre otras especies autóctonas que cada tanto daban lugar a un claro en la espesura. Y allí, en esos vacíos, entre vacas y caballos indiferentes al aguacero y a nuestra presencia, decenas de ñandúes efectuaban un frenético cortejo con alas extendidas y persecuciones incansables.

Así, las permanentes paradas en el camino fueron un festival de avistajes, incluidos carpinchos en los pequeños estanques naturales del campo, donde bandadas de patos compartían espacio con decenas de garzas blancas como el algodón más puro, poniendo su cuota inestimable de color en un paisaje que, aún con el dominio del cielo gris tormentoso, resultaba bellísimo.

No sentíamos que la lluvia estropeara nuestro paseo hacia la orilla del río Corriente, al contrario, nos lo hacía disfrutar de otro modo, un poco más limitado, es cierto, pero de ninguna manera aburrido. Y ya desde lo alto del acantilado, ataviados con pilotos impermeables, contemplamos los meandros del curso, manso y ancho, con sus orillas y bancos de arena que adivinamos brillantes como el oro cuando el sol dice presente.



Ojalá mejore el tiempo y podamos salir a navegarlo en kayaks -decía Klaus Liebig hijo-. Es un recorrido muy pintoresco y tranquilo. Nuestra estancia tiene dos kilómetros de costa sobre el río, pero podemos hacer un tramo mucho mayor desde los campos vecinos”. La estancia a la que se refería es Buena Vista, a 48 km de la localidad correntina de Esquina, muy conocida por los pescadores deportivos que buscan en las aguas vecinas del Paraná buenos dorados y surubíes. “Aquí en el Corriente la pesca es distinta -explicaba-, con peces no tan grandes, pero también tenemos buenos ejemplares, sobre todo para quienes gustan de pescar con mosca o en spinning con equipos livianos”.

Propiedad de Sara Rohner y Klaus Liebig, los padres de nuestro guía, Buena Vista es un establecimiento ganadero que se abrió al turismo rural hace unos 20 años. “Comenzamos recibiendo familiares y conocidos de Alemania -nos contaba Klaus padre, quien llegó de Europa a la Argentina a los 12 años- y como el tema nos gustó lo tomamos en serio”. La casa -o casco- de la estancia es sencilla, bien estilo campo argentino, construida hacia 1890. “Hoy tiene forma de L, aunque antes era una U. Es que hace muchos años tuvimos un incendio y un ala se perdió por completo, por lo que debimos reformar la casa con la distribución que tiene actualmente”, señalaba Klaus mientras nos indicaba la zona del área perdida. Rodeada de un prolijo y extenso parque, con pileta de natación incluida, la casa con galería está secundada por otra antigua construcción, a unos metros de distancia, que décadas atrás funcionaba como fábrica de quesos y hoy es el boliche de la estancia, donde los huéspedes tienen a su disposición un bar con televisión y mesa de pool.

El cielo, finalmente, se fue despejando y permitió involucrarnos a pleno con la propuesta del campo. Si bien Buena Vista dispone de producción propia de ovejas, cerdos, gallinas, patos y ganzos, y una enorme huerta orgánica, esta no es una actividad comercial en sí misma, ya que todo es para consumo propio. El negocio de la estancia es la explotación del ganado vacuno braford, “muy adaptable al clima y al terreno de la región”, al decir de Klaus hijo. Pero estas cualidades geográficas son también benéficas para otra especie, muy rara de ver en los campos argentinos, ya que en todo el país no hay más de 100.000 cabezas: el búfalo de agua o de la india. “Es que aquí el terreno se caracteríza por ser una pradera arenosa con poco monte natural y mucha agua presente en forma de lagunas y esteros, y esto favorece su adaptación”, explicaba Klaus mientras íbamos a caballo en busca de un grupo de búfalos para arriarlos a un corral donde los esperaba el baño contra alimañas que les toca cada 21 días, en compañía de un grupo de peones ataviados con la característica polaina correntina, de tela y bastones coloridos desde los tobillos hasta la cintura.

Otro dato interesante es que los búfalos presentan un mayor rinde económico frente al ganado vacuno: a una misma edad, el búfalo pesa 150 a 200 kilos más que la vaca, incluso por el terreno arenoso, a esta se le deteriora en pocos años la dentadura mientras que al búfalo no. La cuestión es que el arreo fue, además de curioso por la novedad, pura diversión entre semejantes moles negras y de enormes cornamentas que a pesar de su parecido no son vacunos sino bovalinos.



Y luego de intensas tres horas, con los caballos y una volanta nos dirigimos a recorrer el campo, entre palmares, lagunas, bañados y esteros. Uno de estos últimos, el más grande la zona es el llamado Pucú, de 20.000 hectáreas, donde a bordo de un bote impulsado a remo se puede, como en los famosos esteros del Iberá, navegar por unas horas y avistar aves (más de 100 especies), carpinchos y yacarés obteniendo calor del sol ya que son de sangre fría, aunque si hay suerte se podrá ver alguna corzuela o guazuncho, un pequeño y simpático cérvido autóctono.


Las comidas -almuerzos y cenas- siempre son especiales en Buena Vista, por abundantes y sabrosas. En el quincho o en la casa, asados, empanadas, pastas, guisos, locros, variedades de ensaladas y algunos platos típicos alemanes aunque fusionados con la gastronomía típica correntina, eso sin contar los postres caseros, son el preambulo de un parate hasta las 16 horas (siesta en las confortables habitaciones o lectura en el parque arbolado de la casa), no sólo para digerir lo en exceso consumido, sino para evitar el calor en las tardes de primavera y verano, al que incluso los gauchos tratan de evitar si es posible porque las temperaturas son realmente altas.


Para la tarde quedarán otras cabalgatas (son tres los circuitos posibles: río Corriente, a 8 km; estero Pucú a 5, y corrales de chivos y chanchos, a 5 km), o una remada en kayaks o unas horas de pesca en el Corriente. Pero sin dudas una buena jornada se puede cerrar en divertidas carreras de sortija con los propios gauchos de la estancia, que después de tanto trabajo durante el día, merecen también su momento de esparcimiento. Y qué mejor que hablar con ellos, entre rondas de mate y tortas fritas, para terminar de conocer a fondo la región que nos ha tocado visitar.